Argentinada: 32 computadoras y una cuenta de ChatGPT
Una sala de computación, 32 máquinas y una sola cuenta de ChatGPT: la crónica del día en que dos docentes argentinos midieron los límites de la IA en la escuela.
Gabriela Labonia
Cofundadora de Apollo
Una escuela necesita herramientas seguras. En Apollo no queremos que suceda lo que contamos en este artículo, por eso pensamos en educación y seguridad.
El día en que casi hackeamos a OpenAI era lunes. Yo venía de haber tenido una desalentadora conversación con ChatGPT el sábado, y la había guardado en el historial de mi cerebro real, lo más al fondo posible.
S. reposaba en una esquina de la sala de profesores cuando entré y me vi reflejada en sus ojos: la espina que siempre era, esa mezcla de incentivo altruista con pesar obligatorio. Al acercarme, y luego de cruzar algunas palabras tan forzadas como vacías, la parte responsable de mí pronunció lo último que cualquiera de los dos hubiera querido decir o escuchar: “las interacciones con la IA son de 80 por hora, luego hay que esperar tres horas más para continuar”. Se incorporó en su asiento y, mientras arrancaba de su rostro lo que le quedaba de almohada, y su moral docente comenzaba a transformarlo también en espina molesta para alguien, empezó a preguntarme sobre posibles opciones. A todas respondí con negativas.
Cabe aclarar que veníamos de una semana de desafíos, en la que habíamos hablado con nuestro supervisor sobre la cantidad de profesores que querían ser parte del proyecto, gente que necesitaba capacitación y acompañamiento, que no tenía idea de qué hacer con la IA, pero descansaba en nuestras capacidades creativas. La escuela tenía que tomar decisiones financieras en base al proyecto. Habíamos entrado al fin de semana con varias incertidumbres, por lo que preferimos olvidarnos de nuestra existencia laboral.
De chiquita, como la mayoría de los seres humanos de mi generación, yo quería ser astronauta. Sobre todo para presionar botones. Creo que esa acción en mi cerebro era un poco parecida a tener un poder sobrenatural: que un botón hiciera algo superador luego de haber sido presionado por mí. El sonido al apretarse, los dedos hundiéndose en una textura firme, pero limitada, el resultado de esa acción en algo, en algún lugar fuera del alcance de mis manos. Esa especie de metonimia del ser humano que son las máquinas siempre me maravilló.
A los cinco años soñé que manejaba una nave, llevaba puesto un traje completamente plateado (en una época en que eso sólo podía aparecer en películas de ciencia ficción que yo todavía no había visto). Frente a una consola apretaba botones de colores. Muchos, en simultáneo, con todos los dedos. Lo primero que me salió cuando desperté fue el llanto desgarrador de percibir la realidad. No podía ser, no había manera de sacar eso del sueño, de traerlo a mi vida. La impotencia sólo me llevó a llamar a gritos a mamá para reclamarle: ese mundo al que me había traído no era el que yo quería, estaba fuera de tiempo o de espacio, ¿qué íbamos a hacer con esa equivocación, con ese error irreparable? Fue mucho tiempo de llanto. Hasta que a ella se le ocurrió algo que, como la resignación no me permitía más que imaginación, terminé aceptando: me dio su costurero lleno de botones y me dejó jugar con ellos por primera vez. La primera de muchas. Tal vez ese haya sido el germen de mi aversión a la mediocridad, a los sucedáneos y a la miseria del conformismo.
Ahora, la clarificación sobre esa escasez de interacciones con los bots significaba la explosión de una nave espacial que apenas estaba saliendo del hangar y que ni había rozado el vacío del espacio. Ochenta interacciones resultaban en menos de tres por estudiante, incluyendo la carga de algún archivo, acción necesaria, que seguramente aceleraría el camino hacia la escasez. Tampoco estábamos seguros, porque la IA no me lo había podido decir, de cuántos dispositivos interactuando en simultáneo permitía la cuenta, la única que pagaba la escuela hasta el momento.
“¿Estás segura de que no te mintió?”. Esa pregunta era imposible de responder con seguridad. Cuando tus acercamientos a la IA van más allá de la ayuda creativa, y son motivados por la impotencia de no haber encontrado la información en otro lado, es prácticamente imposible saber si está diciendo la verdad. S. conocía eso igual que yo cuando formuló la pregunta, así que era consciente de que su interrogante se acercaba menos a lo real que a lo retórico, que una verdadera respuesta requería acción y mucho esfuerzo.
El gabinete de computación era un espacio que la mayoría de los profesores de esa escuela nunca había pisado, porque históricamente había estado reservado para la materia Tecnología, no sé si por intención de los directivos o porque a los profesores no le interesaba el espacio. Pero ahora nosotros éramos la mayor expresión de innovación que recorría los pasillos. Cual entes unidos en la desgracia del desconocimiento proactivo, es decir, sin que se nos notara en absoluto que dábamos pasos inciertos, nos estábamos posicionando en el terreno más escabroso de la historia educativa, pero seguros de que había que ir a la vanguardia, aunque eso significara inmolarse.
Así entramos en ese templo de tecnología, con una sola idea en mente: abordaríamos las 32 máquinas y, luego de encenderlas y esperar a que sus Windows se despidieran formalmente del fin de semana y se actualizaran, entraríamos a la cuenta de ChatGPT en todas ellas. Luego, a cuatro manos, le hablaríamos al cerebro mágico hasta que se nos agotaran las interacciones. Entonces tendríamos una idea real, sin sesgos, de cuán factible sería llevar a cabo el proyecto con una suscripción para todo el año, 36 profesores y 500 alumnos. Era una propuesta hiperbólica, pero sin duda original; eso y el inminente fin del proyecto nos motivaban hasta lo irreal.
Cuando el algoritmo comenzó a enviar códigos de seguridad al mail de la escuela, uno tras otro, para que pudiéramos seguir iniciando sesión en las máquinas, caí en la cuenta de que probablemente nadie en el mundo había llegado a tanto. ¿A quién se le ocurriría interactuar con 32 computadoras a la vez pagando una sola suscripción? A dos anormales, o docentes. Entonces S. mencionó una imagen que nos hizo estallar en las carcajadas más argentinas del mundo: Un yanqui, en algún lugar del edificio de OpenAI, se levanta a preparar un café, y cuando vuelve, encuentra generados tantos códigos de acceso para una sola cuenta como la imaginación del mismo Sam Altman jamás hubiera podido prever.
ChatGPT me había mentido, pero no por gusto, sino como lo hace siempre: porque no sabe, porque en sus escenarios posibles jamás existió uno como este. Porque lejos de la NASA, en la otra punta del mundo, se puede ser astronauta.
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